Genealogías de Fontanarejo

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Génesis y evolución del apellido en España

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Génesis y evolución del apellido en España
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Existe la creencia generalizada de que el sistema de apellidos que usamos actualmente en España siempre ha sido el mismo a lo largo de los siglos. Para aclarar un poco este tema os dejo aquí un extracto del discurso leido por Jaime de Salazar y Acha en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía el 26 de mayo de 1991.


 

 

 Aunque hoy podamos estar acostumbrados, desde la promulgación de nuestra Ley del Registro Civil en 1870, al uso de los dos apellidos paterno y materno, y al carácter oficial de éstos, que sólo pueden ser modificados o unidos a otros en virtud de expedientes legales ante la autoridad competente, lo cierto es que no siempre ha sido así, y las presentes palabras tienen por objeto explicar cómo y cuándo se origina el apellido como nombre de familia, y cuáles han sido las pautas por las que se ha regido el uso del apellido en España a través de nuestra historia.


Pese a que aparentemente el tema no parece ofrecer dificultad, es extremadamente complicado y muchas de las razones de los cambios operados a través de los tiempos, escapan incluso a nuestro conocimiento.


La utilidad de este esfuerzo se pone de manifiesto cuando observamos cómo muchos de los que se acercan en los momentos presentes al estudio del pasado, desconocen el uso que de los apellidos hicieron nuestros mayores y gustan de apellidar a los personajes históricos siguiendo las normas de nuestra sociedad actual -creyendo algo así como que el apellido ha gozado siempre de la misma estabilidad y permanencia-, y sin darse cuenta de que muy distintas han sido las reglas y costumbres por las que se rigieron nuestros predecesores.


Creo, por tanto, que todos los que nos dedicamos de algún modo a la investigación histórica, debemos hacer un auténtico esfuerzo para llamar a cada personaje de la forma exacta en que se llamó; sin anacronismos; sin dar el don, que hoy no se niega a nadie, a personas que en otro tiempo nunca se hubieran atrevido a usurparlo; sin inventar apellidos más o menos sonoros a quienes no los tenían, o cambiándoselo según nuestras reglas cuando éstas eran desconocidas en el tiempo del así rebautizado. Y para esto no es necesario ningún estudio especial ni ninguna profunda investigación. Basta simplemente con llamar a cada personaje tal como está citado en los documentos de su tiempo, sin cambiar, añadir o suprimir nada.


El Diccionario de la Real Academia define el apellido, en la acepción que aquí estudiamos, como nombre de familia con que se distinguen las personas, y no puede ser más exacta su escueta definición.


En primer lugar, porque efectivamente se ha de tratar de un nombre de familia y no es por tanto apellido -al menos originariamente-, la palabra que acompaña al nombre de pila de un individuo -ya sea motivada por alguna característica física o moral, ya sea por un oficio, dignidad u origen geográfico-, mientras ésta no sea aplicable más que al propio individuo y no a su familia. Es decir, que el apellido si lo será, en cambio, cuando sirva para denominar a los miembros de una familia, posean o no tal característica física originaria, ejerzan o no el tal oficio o sean oriundos de tal o cual lugar que sirvió para bautizarlos.


En segundo lugar, porque además de consistir en un nombre de familia, es necesario que sea utilizado por los individuos para distinguirse, cosa en la que tenemos que hacer hincapié, porque es muy usual hoy en día el caer en el error de confundir el nombre del linaje y el apellido propiamente dicho.


Hablaré de ello con algo más de detenimiento.


El primero es el término que sirve para distinguir a unas familias de otras, mientras que el segundo -lo repito una vez más- sirve para diferenciar a los individuos por razón de su pertenencia a una familia. En nuestra sociedad de hoy tal vez no sea muy útil esta diferenciación, al menos en las ciudades, pues nombre de familia y apellido suelen ser los mismos; pero basta echar una mirada a nuestros pueblos para comprobar que son dos cosas bien distintas, y que muchas familias en el medio rural siguen siendo denominadas de forma casi oficial con nombres que nada tienen que ver con los apellidos que sus miembros utilizan. Pues bien, esto que hoy podemos encontrar en nuestra sociedad como excepción, era en los siglos pasados la regla general.


Pero, ¿cuál es el origen de este fenómeno? Pues que si bien el apellido es adoptado por la propia familia y es usado por ella, el nombre de linaje es impuesto por la sociedad sin la previa aquiescencia de los interesados, y sólo llegará a ser apellido en tanto en cuanto los propios afectados lo adopten como tal.


Voy a poner algún ejemplo histórico para intentar aclarar estas diferencias que pueden parecer confusas. Los historiadores modernos usamos el término Trastámara para designar a la casa real dimanada de Enrique el de las Mercedes, en razón a que este monarca era Conde de Trastámara antes de su advenimiento al trono; no obstante, ninguno de sus descendientes ni él mismo se apellidaron nunca así. Pues bien, aunque podamos utilizar la expresión los Trastamara para englobar a todos los miembros de esta dinastía, no podemos apellidar a ninguno individualmente como de Trastámara, porque resultaría un disparate histórico consistente en un flagrante anacronismo.


Muchas veces, no obstante, la invención del historiador ha tenido éxito y el término creado para designar a una familia ha terminado siendo el apellido de sus miembros. Un ejemplo claro de esto último lo podemos contemplar con los Habsburgo. Éste es el término que modernamente ha venido siendo utilizado para designar a la que siempre se llamó Casa de Austria. Ya en el siglo pasado empezó a ser usado como apellido por alguna rama morganática de esta familia imperial y hoy en día, por razones políticas, ha terminado siendo adoptado como apellido por casi todos los miembros de ella.


Pero, tenga o no éxito a la larga este tipo de denominaciones, lo que no es admisible es atribuirles vigencia con anterioridad, incluso, a su invención.


Llamar a nuestro Carlos V Carlos de Habsburgo y Trastámara, como he leído en alguna ocasión, no es simplemente inexacto, sino que constituye un auténtico disparate, y debo subrayar que nuestro Emperador, que nunca tuvo apellido alguno, aunque a veces fue llamado Carlos de Gante por su lugar de nacimiento, nunca se hubiera identificado con alguien de aquella forma apellidado, pues Habsburgo y Trastámara son términos que se han empezado a utilizar mucho después por los historiadores para denominar a las dinastías que el Emperador representaba, pero nunca apellidos en sentido estricto.


Voy seguidamente a pasar a analizar la génesis del apellido en España. No voy a hacer referencias arcaicas sobre su origen y me voy a limitar a su estudio desde los comienzos de la Reconquista, pues en aquellos tiempos están las raíces de nuestra sociedad.


De los primitivos tiempos de la Reconquista tenemos muy pocos datos en cuanto al tema que nos ocupa. La exigua documentación se limita a donaciones o confirmaciones de tierras y privilegios a iglesias y monasterios, en las que contemplamos, junto al Rey otorgante, listas más o menos numerosas de nombres escuetos que les acompañan como confirmantes y testigos.


No obstante, de su estudio podemos sacar dos importantes conclusiones: La primera es que en los orígenes del Reino asturiano no existía, o al menos no se pone en evidencia el que existiera, ningún tipo de apellido, es decir lo que he definido con anterioridad como nombre de familia destinado a distinguir a unas personas de otras.


La segunda conclusión que nos ofrecen los documentos es que existe una clara diferencia entre la onomástica de la masa popular y la de las clases elevadas. En efecto, los individuos del pueblo llano ostentan nombres genuinamente latinos, como Cayo, Mario, Antonino, Honorio, Juliano, en los varones, o Áurea, Marcela, Marina, Julia o Faustina entre las mujeres, y sin embargo la familia real y los magnates, utilizan nombres típicamente germánicos; así los varones se llaman Nuño, Gutierre, Rodrigo, Alfonso, Vermudo, Ramiro, Fruela, Gonzalo, Hermenegildo, etcétera; y las mujeres Gontrodo, Froiliuba, Hermesenda, Adosinda, Elvira, Muniadomna o Leodegundia.


Nombres estos últimos que, aunque nos cueste creerlo, eran utilizados por las más distinguidas damas de aquel tiempo.


No quiero con esto decir que la clase dirigente fuera étnicamente goda, pues sería entrar en una ya estéril polémica, pero si he de resaltar la evidencia de que al menos lo más usual, lo que hoy podríamos calificar de lo elegante de la época, era ostentar nombres de este origen.


En el área oriental, en la Marca Hispánica, sucede exactamente lo mismo, aunque con una mayor influencia ultra pirenaica, manifestada en la adopción de nombres francos, como Raimundo, Ponce, Arnaldo, Guillermo, Berenguer, desconocidos en el resto de la península. Lógicamente, por las variedades dialectales del romance, también los nombres adoptan formas distintas aún siendo los mismos. Así, si el Hermenegildo godo
pasó a ser Menendo en Galicia, en Cataluña tomará la forma de Armengol; los francos Raimundo, Guillermo, Arnaldo, Fulco o Gerardo, tomarán las formas de Ramón, Guillén, Arnau, Folch o Guerau. El pueblo llano, sin embargo, utilizaba de forma predominante los mismos nombres hispano-romanos del resto de la península.

Donde sí encontramos diferencias onomásticas es en lo que podríamos llamar el área vascona. Es decir en el primitivo Reino de Pamplona y en la zona aragonesa del Pirineo. La sociedad vasconavarra, mucho más de espaldas a influencias extrañas, permanece durante siglos cerrada a variaciones onomásticas. En su seno aparecen nombres peculiares, en ningún caso de origen germánico, cuya etimología no se ha estudiado bien, pero cuya raíz eusquérica o latina eusquerizada, queda fuera de toda duda. Así Sancho, Galindo, García, Iñigo, Fortún, Velasco, Lope, Aznar, Jimeno, Diego, usados por los varones, o Urraca, Oneca, Mencfa, Velasquita, Sancha, Jimena o Toda, por las hembras (1).


La Iglesia, al querer cristianizar estos nombres primitivos, les atribuyó posteriormente un origen judeo-cristiano que, según esta teoría, habría sido luego corrompido vasconizándolo. Conforme a ella Iñigo sería en su origen Ignacio; Jimeno, Simón; Diego, Santiago; pero mi opinión personal –salvo para el nombre de Lope, que es Lobo en latín, y traducción del vasco Ochoa-, es contraria a esta teoría, que surge muchos siglos después, y a la que no veo fundamento científico.


Todo este panorama onomástico, que al principio de la Reconquista aparece claramente diferenciado, se va mezclando en los siglos siguientes y termina por confundirse de tal modo que ya en la Baja Edad Media resulta inútil el análisis del nombre de un personaje para atribuirle un origen geográfico concreto.


Asimismo, si el uso de un nombre godo o latino nos servía en los albores de la Reconquista para determinar de forma aproximada la calidad social de un individuo, cuanto más vayamos avanzando en el tiempo irá sirviendo de menos.


Las clases populares irán adoptando poco a poco en los siglos posteriores nombres germánicos y vasco-navarros, abandonando por tanto los primitivos hispano-romanos; y en el siglo XIII nadie en la España cristiana ostentará ya los nombres primitivos de su población originaria. Nos basta para corroborarlo el comprobar que casi todos los patronímicos hoy existentes, que son el reflejo exacto de los nombres de pila utilizados en los siglos XIV y XV, están exclusivamente compuestos sobre los primitivos nombres godos o vascos, es decir: Fernández, Gutiérrez, Álvarez, Ramírez, González, Muñoz, Sánchez, López, García, Díaz, etcétera. Añadamos a ellos únicamente media docena de patronímicos derivados de santos de gran devoción medieval como Domingo, Pedro, Juan, Martín o Bernardo, y tendremos el elenco completo de los apellidos patronímicos existentes en los reinos occidentales, es decir, en Castilla, León, Galicia y
Portugal.



 
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