Genealogías de Fontanarejo

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Génesis y evolución del apellido en España - página 2

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Génesis y evolución del apellido en España
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Tras esta digresión onomástica, volvamos otra vez a la génesis del apellido.


La documentación original conservada de los siglos VIII y IX nos pone en evidencia que los primitivos españoles no usaban más que su nombre de pila.


No se distinguían, por tanto, los nobles de los plebeyos o de los clérigos, salvo en que aquellos confirmaban los documentos del Rey, mientras estos últimos solo aparecían como simples testigos. Únicamente muy de vez en cuando aparece algún personaje, por lo demás exótico, que añade a su nombre de pila un ibn seguido de otro nombre de pila. Se trata de la expresión árabe hijo, usada también por los hebreos. No obstante, cuando aparece acompañando a nombres cristianos se suele explicar su utilización por atribuir a sus usuarios un origen mozárabe (2). Algunas veces también figuran junto al nombre de pila términos latinos como scriba, presbiter, notarius, maiordomus, etc, pero no se trata todavía de un apellido, sino de la manifestación explícita de alguna característica concreta de un individuo, en estos casos un oficio o dignidad no hereditarias.


Pero toda esta indeterminación comienza a transformarse radicalmente en el último tercio del siglo IX. En este tiempo empiezan ya los nobles a firmar con su nombre de pila, seguido del nombre de su padre en genitivo latino y de la palabra filius, pues no debe olvidarse que toda la documentación hasta el siglo XIII está escrita en latín. Así, comenzamos a leer en los pergaminos: Vermudus Ordonnii filius, Ranimirus Ferdinandi filius, etcétera (3). Pero esta fórmula que era, digamos, la oficial o la técnicamente impecable, de indudable influencia arábiga, comienza a simultanearse con la supresión en muchos casos de la palabra filius y con la terminación del nombre paterno en z, que será la prototípica del apellido patronímico español.


Algunos autores han atribuido a esta peculiar terminación del patronímico un origen eusquérico, y aunque esto no está demostrado y se mantiene como predominante la tesis de su origen latino, lo cierto es que sí podemos asegurar que su imposición en los documentos tuvo que estar motivada, fuera cual fuese su origen, por su total implantación en el lenguaje vulgar romance.


Subrayemos, sin embargo, que en un principio esta costumbre onomástica no es general, es decir que no es adoptada más que por los magnates y por los personajes pertenecientes a la Curia Regia. Los miembros del estado llano tardarán todavía un siglo en hacerlo. Es algo así como decir que en aquellos tiempos primitivos sólo los nobles era hijos de alguien, ¿tal vez antecedente de la futura denominación de hijodalgo?.


Durante el siguiente siglo X, esta costumbre patronímica que empieza por la alta nobleza, se va generalizando a todas las clases sociales. Cuando nos adentramos en el siglo XI todas las personas citadas en los documentos aparecen con su nombre seguido del patronímico; y debo subrayar aquí que el sentido de este último es, sin la más mínima excepción, el que su propio nombre indica, es decir, que al contrario de lo que ocurrirá más tarde, siempre el apellido patronímico, en estas épocas, corresponde al nombre del padre del así apellidado.


También conviene resaltar aquí que la formación del patronímico en este tiempo no tiene tampoco las excepciones que veremos en el futuro y cuyas razones desconocemos, es decir, por qué hubo nombres propios que no tomaron la forma normal del patronímico al adoptar su función, o dicho de otro modo con ejemplos, por qué los hijos de Alonso, Osorio, Aznar o García, por sólo citar los más importantes, no se llamaron Alónsez, Osórez, Aznárez y Garcíez, que es como se habían estado llamando hasta la fecha (4).


Esta implantación del patronímico es general en toda la península desde el Atlántico al Pirineo, es decir Portugal, Galicia, León, Castilla, Aragón, País Vasco y Navarra, inclusive en zonas del sur de Francia como el primitivo ducado de Gascuña. Esta terminación en z no tendrá, sin embargo, ninguna implantación en los primitivos condados catalanes, donde el patronímico se mantendrá en genitivo en los documentos latinos, y sin variar su forma con respecto al nombre de pila en el lenguaje romance: Arnau, Dalmau, Pons, Guillén, Berenguer, etcétera. No se trata por tanto de que en Cataluña no exista el patronímico, como gustan algunos opinar, sino que lo que no existe es el patronímico terminado en z común al resto de la península.


En el Reino de Valencia la variedad lingüística formará a su vez los patronímicos con su forma característica, Pérez será Peris; Sánchez, Sanchis, Fernández, Ferrandis, etcétera; e igualmente en Portugal adoptará las formas que hoy conocemos, Pires, Sanches, Soares, sin que por ello tanto en un caso como en el otro, dejen de tener el mismo sentido patronímico.


En resumen, ésta es la norma general que irá implantándose en toda la península y que continuará invariable hasta la primera mitad del siglo XIII, con la aparición de lo que podemos llamar ya el nombre de linaje.


Este tipo de apellido patronímico, que venimos tratando hasta aquí, por su propia sistemática cambiaba en cada generación y, en consecuencia, no servía para denominar familias sino únicamente individuos. Se hacía, por tanto, necesario crear un término para englobar a toda la familia y no solamente a una de sus generaciones.


Tenemos pocas menciones de linajes en la Alta Edad Media y, curiosamente, cuando surgen éstas en la documentación, aparecen bajo una forma árabe, como si en el mundo cristiano no existiera todavía este concepto de linaje.


Cierto es que a veces vemos la expresión latina casata de referida a un personaje concreto y para englobar a sus herederos, pero esta expresión abarca a los descendientes por línea masculina y femenina y no, por tanto, a los miembros de una estirpe como la entendemos en la actualidad.


Sin embargo, en las crónicas musulmanas sí aparecen nombres de linajes cristianos: Así, se llama a la dinastía de Pamplona los ibn Wanaqo, es decir, los hijos de Iñigo; a los Condes de Castilla los Ibn Fernand, en recuerdo del famoso Fernán González; y a los Condes de Carrión los Ibn Gómez. Lo más curioso es que esta forma árabe de denominar a las familias pasará muchas veces en su forma corrompida a los documentos cristianos. Es decir, que en documentos latinos se hablará de los Benigómez, por ejemplo, y no, en cambio, de los Gómez. El hecho de tener que usar los cristianos un término árabe para mencionar un linaje propio parece querer indicar, por tanto, que, en un principio, no existía tal concepto en el mundo cristiano peninsular y que fue incorporándose a él a ejemplo de los musulmanes.


Pero en la segunda mitad del siglo XII vemos ya claramente, sobre todo en las Crónicas, cómo se empiezan a utilizar términos para designar linajes concretos utilizando para ello su lugar de origen o de señorío. Subrayo una vez más que no se trata de un apellido, pues rara vez los miembros de cada linaje firman o se autodenominan con tal término distintivo. Se trata, como ya he indicado, de una clave utilizada por la sociedad, encabezada por el mismo Rey, para poder distinguir entre sí a los que ya actúan como linajes: Los de Lara, los de Castro, los de Guzmán, los de Traba, etcétera.


Todo esto nada tiene que ver, sin embargo -y conviene que lo resaltemos-, con la costumbre que empieza a aparecer en esta época de firmar los grandes señores en la documentación siguiendo a su nombre y patronímico el nombre del lugar cuyo gobierno ejercen. Esta fórmula suele utilizarse intercalando las más de las veces, entre el patronímico y el lugar de gobierno, la preposición en, es decir, Rodrigo Fernández en Astorga, Álvaro Rodríguez en Benavente, Pedro Rodríguez en Toro; pero a veces se suscita el problema cuando el escriba emplea, para significar lo mismo, la preposición de, y hay que saber diferenciar entonces lo que es el gobierno de un lugar, de un incipiente nombre de linaje. Debo subrayar también que muchos de estos gobiernos, llamados en esta época tenencias, al ser constantes en una familia pasarán a formar el futuro nombre de su linaje; pero esto no siempre es así y su aparición en los documentos ha dado pie muchas veces para que algunos genealogistas, antiguos y modernos, hayan utilizado estas coincidencias para inventar antepasados antiquísimos a familias mucho más modestas.


Este nombre de linaje que surge en estos tiempos, de fuera a dentro como he indicado, se va implantando en la alta sociedad medieval y podemos decir que está perfectamente establecido, con la aquiescencia de todos, en la segunda mitad del siglo XIII.


Pero nos conviene observar con detenimiento estos nombres de linaje, porque veremos que su adopción no responde siempre a las mismas causas. Así, si observamos las grandes familias de ricoshombres del Reino de Castilla en los siglos XIII y XIV podemos distinguir tres grupos:


El primero, que abarca a un total de dieciocho familias, sigue la fórmula más usual, que consiste en que los linajes adoptan como distintivo el nombre de su lugar de origen o de señorío. Así: Lara, Haro, Guzmán, Castro, Villamayor, Traba, Limia, Cameros, Villalobos, Aza, Manzanedo, Asturias, Castañeda, Sandoval, Guevara, Rojas, Mendoza y Marañón. Se usarán como apellido tras el patronímico correspondiente y la preposición de; ejemplos: Núñez de Lara, Rodríguez de Guzmán, Fernández de Castro, Álvarez de las Asturias, etc.


Vemos también un segundo grupo de cinco familias en que la fórmula usada para bautizar al linaje es completamente distinta, y consiste en que, cuando un nombre de pila, convertido en patronímico, es característico de una familia y poco común en el país, por ser de origen extranjero o ya arcaico, puede pasar de patronímico a ser nombre de linaje. Éste es el caso de los Manuel, los Osorio, los Ponce, los Froilaz o los Manrique. Notemos que todos ellos son antiguos nombres de pila transformados en patronímicos y que por su rareza en el país pasarán a denominar a los linajes que los produjeron.


Se utilizarán por supuesto con su correspondiente patronímico, pero sin la preposición de, al contrario que en el grupo anterior, es decir, Sánchez Manuel, Álvarez Osorio, Fernández Manrique, etcétera (5).


Y, por último, existe un pequeño grupo de dos, Girón y La Cerda que corresponde a los nombres de linaje basados en apodos o, como se decía entonces, en alcuñas.


El uso de un apodo es poco frecuente entre la alta nobleza de Castilla y León; recordemos tal vez en pleno siglo XIII al ricohombre leonés Rodrigo Fernández, llamado el feo de Vamuerna, que no debía de avergonzarse de esta peculiaridad puesto que en muchas ocasiones firma los documentos con dicho apelativo. Incluso un hijo suyo aparecerá más tarde como Ramiro Rodríguez Feo, aunque este apodo no
llegó a perpetuarse como apellido.


En Navarra y Aragón era, sin embargo, corrientísimo el uso de apodos entre los ricoshombres (6), de tal modo que muchas veces es casi imposible conocer su auténtico nombre. Apuntemos por ejemplo entre ellos a Buen Padre, Ladrón, Barbatuerta, Barbaza, Peregrín, Portolés, Tizón, Almoravit, Maza, etcétera; pero realmente fueron muy pocas las familias que tomaron su nombre de un apodo si exceptuamos a los últimos citados Almoravit y Maza, como nombres de linaje, y el de Ladrón como patronímico. Este tipo de apellido, basado en un apodo, es, por el contrario, frecuentísimo en Portugal; recordemos familias clásicas como Pacheco o Pimentel; e inexistente, en cambio, en Cataluña, donde por la vigencia plena del régimen feudal, las familias se apellidan, casi en exclusiva, por los nombres de sus feudos.


Dije ya que entre los ricoshombres castellanos que tomaron apellido de un apodo nos encontramos con Girón y la Cerda, y la notoriedad de este último, línea primogénita de la casa real de Castilla, nos permite estudiar –al contrario que con el anterior, cuyo origen, fuera de leyendas inventadas muy posteriormente (7), desconocemos-, cuál era el proceso de creación de un apodo y su posterior conversión en apellido.



 
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