Genealogías de Fontanarejo

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Génesis y evolución del apellido en España - página 3

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Génesis y evolución del apellido en España
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Sabemos que el Rey Alfonso el Sabio tuvo de su matrimonio con Doña Violante de Aragón un hijo primogénito que se llamó Don Fernando, y sabemos que fue apodado el de la Cerda por haber nacido con una cerda o pelo grueso en mitad del pecho. Sin embargo, él no se llamó otra cosa que Don Fernando, Infante primer heredero o Don Fernando, hijo mayor del Rey. Muerto en vida de su padre dejó dos hijos que tuvieron que disputar el trono a su tío Don Sancho el Bravo; estos personajes se llamaron a su vez don Alfonso, hijo del Infante Don Fernando y don Fernando hijo del Infante Don Fernando; pero ya sus contemporáneos los llamaban los infantes de la Cerda, y tanta fuerza ten' esta denominación popular, que cincuenta años después de la muerte del Infante, su nieto don Luis, que durante su destierro en Francia se apellidaba de España, tomó al pasar a la península el apellido de la Cerda con el que era conocido aquí, adoptando como apellido lo que hasta entonces no haba sido sino una denominación extraña, y que a partir de entonces fue utilizado por sus descendientes los Duques de Medinaceli.


Todo lo que vengo diciendo para la alta nobleza se va haciendo extensivo poco después al pueblo llano; la razón evidente es el empobrecimiento onomástico que en su momento mencioné, es decir, que al abandonar el pueblo los primitivos nombres hispano-romanos y adoptar los más eufónicos, para la época, nombres de la nobleza, todo el mundo se llamaba más o menos igual.


Había que buscar otro sistema de diferenciación y éste se produce sobre todo a través de la alcuña, formada ésta en la gran mayoría de los casos por el oficio ejercido por el cabeza de familia, por alguna característica física descollante, o por el lugar de su residencia o de su origen familiar.


Pero esta adopción casi general de la alcuña o sobrenombre, ya sea consistente en un apodo o en un topónimo, va dando lugar durante la segunda mitad del siglo XIII y definitivamente en el siglo XIV a una auténtica revolución, que consistirá en la pérdida del sentido originario del patronímico.


He intentado buscar documentalmente cuál es la razón por la que se abandona el sentido filiatorio del patronímico y siempre he encontrado las mismas razones de abandono. El primer ejemplo lo tenemos en la dinastía castellana y parece ser que surge cuando un hijo tiene el mismo nombre de su padre. A los oídos de la época les resulta al parecer poco eufónico que alguien se llame Alfonso Alfonso o Rodrigo Rodríguez y comienzan a verse las excepciones. El sistema a adoptar en este caso será en principio el de que el hijo así llamado tome, no el patronímico que le corresponde, sino el de su padre. Alfonso el Sabio llamará a su hijo natural Alfonso con su patronímico propio, es decir Fernández, como hijo que él era de San Fernando.


La segunda razón de importancia para el cambio de patronímico tiene una motivación que podríamos definir como de pretensión dinástica. Analicemos para explicarlo el caso del ya mencionado don Fernando, hijo segundo del Infante Don Fernando el de la Cerda. Casó aquel don Fernando a principios del siglo XIV con doña Juana Núñez de Lara, heredera de esta gran casa castellana, y del matrimonio nació un hijo que heredó la casa de Lara. ¿Cómo se llamó este señor? No desde luego Fernández ni La Cerda, sino Juan Núñez, que era el nombre propio de los anteriores señores de Lara a quien éste caballero sucedía. Pero casó a su vez este don Juan Núñez con doña María Díaz de Haro, heredera del Señorío de Vizcaya, y su hijo mayor no se llamó a su vez Núñez sino Lope Díaz, que era el nombre tradicional de los señores vizcaínos. Vemos, pues, por tanto como también un cierto sentido de pretensión dinástica provocó la ruptura con
toda una tradición multisecular.


Pero éste, que venimos hasta aquí tratando, no es más que el primer paso y cuanto más se va generalizando la alcuña o nombre de linaje como apellido, más se va abandonando el uso del patronímico en su función primigenia, el cual quedará ya desgraciadamente sin sentido en el siglo XV. En gran parte de las familias hidalgas, por un cierto tradicionalismo onomástico, se mantendrá el patronímico, desprovisto ya de su primitiva función, unido al nombre del linaje. En las clases populares, sin embargo, se suprimirá en su mayor parte, manteniendo como apellido simplemente la alcuña, o dejando ya fijo el antiguo patronímico. Curiosamente, esta supresión es muy desigual en las distintas regiones y destaquemos, por ejemplo, que es excepción en algunos lugares de la Mancha, y especialmente en la provincia de Toledo, donde se mantienen numerosos apellidos compuestos. En el País Vasco, en cambio, excepción hecha de Álava, se suprimirá totalmente el patronímico en la primera mitad del siglo XVI, lo que hace hoy en día a algunos indocumentados tener por maketos los apellidos patronímicos.


Con todo, entramos en una nueva fase del patronímico que va a tomar especial importancia en las familias nobles. Esta nueva fase, entre los siglos XIV y XVI, consiste en utilizar el patronímico como una prolongación del nombre de pila, indiferentemente de cuál sea el nombre del padre, y se basa en imponer a cada niño al nacer, el patronímico de la persona en cuyo honor se le ha impuesto el nombre.


Vamos a detenernos, por tanto, en la descripción de este fenómeno que tendrá tanta importancia en la realidad española.


Podemos decir que cada familia disfruta de un cierto patrimonio onomástico, que consiste en el conjunto de los nombres que han utilizado sus padres, sus abuelos y sus tíos, tanto por línea paterna como materna. Cada uno de estos familiares ha usado en su tiempo un patronímico, de carácter todavía filiatorio o no. Pues bien, la familia utilizará para bautizar a los suyos, únicamente, salvo rarísimas excepciones, los nombres de este acervo onomástico familiar, imponiendo a sus hijos no solamente el nombre de sus antepasados sino también el patronímico que aquellos usaron.


Como ejemplo es paradigmático el caso del primer Marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, el famoso poeta, cuyo padre fue el Almirante don Diego Hurtado de Mendoza, hijo a su vez de don Pedro González de Mendoza, el héroe de Aljubarrota. Tengamos en cuenta, además, que el Marqués era hijo de doña Leonor de la Vega, hija de don Pedro Lasso de la Vega, y que se casó con una hija del Maestre de Santiago don Lorenzo Suárez de Figueroa. Pues bien, el Marqués puso a su primer hijo, que luego seria I Duque del Infantado, el nombre de Diego Hurtado; al segundo -que fue I Conde de Tendilla- Iñigo López; al tercero, - el futuro gran Cardenal Mendoza- Pedro González; al cuarto, -que fue el I Conde de Coruña- Lorenzo Suárez; y al quinto, el I Señor de Mondéjar-, Pedro Lasso. En resumen, que cinco hermanos, hijos del mismo padre, se apellidan respectivamente Hurtado, López, González, Suárez y Lasso. Observemos incluso que el Marqués no tuvo ningún escrúpulo en bautizar con el mismo nombre de pila a dos hijos, a los que sin embargo se impuso diferente patronímico. Pero lo que hay que resaltar aquí es que este aparente desorden onomástico tiene una total coherencia interna, pues todo patronímico es debido, como antes he explicado, a que es el correspondiente de la persona a quien se intenta honrar y cuya memoria se quiere perpetuar. Se trata, por tanto, de un auténtico culto a los antepasados a través de los usos onomásticos.


Esta peculiaridad del patronímico, que funciona plenamente en los siglos XIV a XVI, va poco a poco abandonándose y sólo perdurará en las grandes familias, ya muchas veces exclusivamente para cumplir las disposiciones de un mayorazgo. Fuera de estos casos, que luego volveré a tratar, el apellido en España va fijándose en la línea de varón y a principios del siglo XVII podemos decir ya que el apellido tiene más o menos la forma actual.


Algunas cosas sin embargo quiero resaltar del uso de los apellidos en la época que transcurre aproximadamente durante nuestro Siglo de Oro.


La primera es que las mujeres en España, salvo en Cataluña, han usado siempre su propio apellido y nunca el del marido. Estos apellidos, especialmente cuando tienen su origen en un apodo, se feminizan cuando los usan las mujeres. Ésta es una costumbre perfectamente lógica para las mentalidades de la época y así la hija de Juan Moreno se llamaba María Morena, o incluso muchas veces María la Morena. Esta práctica, que era típicamente popular, se refleja sobre todo en las inscripciones sacramentales del siglo XVI y se utilizaba preferentemente entre las clases populares, pero también muchas veces para las familias de la pequeña nobleza. Rara vez, sin embargo, llega en las inscripciones oficiales al siglo XVIII, pero ha pervivido, en cambio, en el lenguaje popular del medio rural.


La otra característica es que durante esta época, salvo las masas iletradas que dependían en cierta manera del nombre que les quisieran imponer los curas o los empadronadores en su caso, podían al contrario tomar el apellido con la más absoluta libertad, y quiero hacer aquí especial referencia a las dos razones principales por las que el apellido se solía sustituir.


En primer lugar he de citar a los conversos. Se oye decir muy a menudo que tal o cual apellido es de origen judío y esto es absolutamente incierto. Los judas en la Edad Media usaban sus nombres bíblicos seguidos de su patronímico, es decir el nombre de su padre precedido de la partícula ibn o ben que, como ya he dicho con anterioridad, quiere decir hijo en árabe. Al principio, entre los judíos convertidos hubo una cierta inclinación a tomar nombres de animales, como Conejo, Gavilán, Gato, Cabra, Capón, o de santos: Santa Marta, San Pedro, San Pablo, Santángel, etcétera. Pero esto sólo ocurrió en el primer momento y, al iniciarse las persecuciones de la Inquisición y tratar de pasar más desapercibidos, adoptaron lógicamente apellidos completamente. corrientes y de difícil identificación. Bastaba que un converso fuera castigado por el Santo Oficio por judaizar para que toda su parentela, inocente o no de aquel delito, cambiara inmediatamente su apellido. Por eso no podemos decir de tal o cual apellido que es judío, sino que en tal o cual época ha sido utilizado por una familia judía. Como el resto de los españoles, adoptaron los conversos como apellidos los nombres de sus oficios o de sus lugares de origen; y esto sí puede servir en algún caso para identificarlos, puesto que los judíos, como clase media ciudadana que eran, no desempeñaban las ocupaciones más modestas ni los trabajos del campo, sino que solían vivir en poblaciones de cierta entidad, y así se llamaban Pedro de Ávila, Juan de Guadalajara, Luis de Teruel, etcétera. Pero repito que, esto que puede ser un indicio, nunca puede ser utilizado como prueba positiva o negativa de su pertenencia al pueblo hebreo.


En segundo lugar, no podemos olvidar que uno de los móviles más corrientes que han movido al hombre a cambiar su apellido es el de la vanidad. Nuestros siglos XVI y XVII están repletos de personajes cuyos apellidos o más bien la razón de su uso, permanecen en el más absoluto misterio. Sirva como ejemplo de ello que no se ha conseguido saber todavía, con seguridad, la razón por la que nuestro Miguel de Cervantes usaba en segundo lugar el apellido Saavedra, porque éste no era desde luego el apellido de su madre, pero tampoco el de ninguno de sus antepasados conocidos.



 
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